Hace una semana se cumplió un año más de la presentación al mundo de la bestia
peruana más desgraciada en los últimos tiempos. A rayas, en una jaula, ya no se le sentía tan omnipotente, tan destructor. Aún causaba pánico, mas no del tipo de horror que causaba mientras estaba libre. Montesinos logró crear un morbo que todos consideramos necesario. Era imperativo vejar a la Bestia, y por ello nunca nos arrepentiremos de esa presentación a lo “Chicos Malos” de los chistes del Tío Rico Mc Pato.
Este post va más como reflexión, porque de alguna manera u otra, viví a la vuelta del terror. Tanto yo como millones de peruanos.
El primer recuerdo de Abimael Guzmán lo obtuve aquel día de su presentación como animal de circo. Era el 24 de setiembre de 1992, y para mi razonamiento infantil, ver al barbado enjaulado era un hecho meramente cirunstancial, al costado de lo que yo pensaba – y pienso – era mucho más importante para mí: El nacimiento de mi hermana.
Estar en la clínica, en la habitación de mi mamá, contribuían a la sensación de seguridad que el mundo exterior trataba de interiorizar en mí. En mi casa hubo sentimientos encontrados. Había mucha felicidad, pero también un poco de preocupación y consternación frente al reto especial con el que venía el nacimiento de mi hermana.
Ese es el primer recuerdo que tengo de ver la cara de Abimael Guzmán. Lo increíble es que durante los últimos tiempos, la Bestia vivió a escasas cuadras de mi casa, y nadie nunca lo hubiera imaginado. En aquella época, vivía en la “Calle 2b Lote 5″ de La Calera de la Merced, en Surquillo. Esa calle luego cambió de nombre a “Alfa Centauro”, dándole un chispazo cósmico a mi vida limeña, que mezclaba galaxias con el Coliseo Dibós y la huaca que se encontraba al final de mi calle.
Resulta que la Bestia vivió los últimos días de su asedio en una casa de la misma urbanización en la que yo vivía, digamos que a escasas 5 cuadras de donde solía acostarme y despertarme todos los días. Guzmán se encontraba debilitado por su necesidad de fármacos, y el rastreo a Maritza Garrido Lecca habían conseguido identificar la guarida del monstruo. No sé a ciencia cierta cuánto tiempo vivió Abimael tan cerca de mí, pero lo cierto es que yo tomaba los apagones como un vacilón, más que como una manera de acecho entre las sombras.
Previamente sucedería aquel descubrimiento en esa casa de Monterrico. Mi padre recuerda con buenísima memoria los sucesos de esa noche y el día posterior. La noche previa – no recuerdo que me hayan dicho el día, pero asumo que fue un fin de semana – mis papás y yo habíamos estado en la casa de mis abuelos. Supongo que andábamos de domingo familiar, mas no lo puedo asegurar. Y se fue la luz, como siempre. Saca tu vela hija, ya mamá. Mi papá se echa en un reclinable, y piensa: “En qué puna, en qué sitio recóndito del Ande se encontrará este desgraciado”. Al día siguiente mi familia se encuentra con la macabra sorpresa que la Bestia se escondía exactamente atrás de la casa de mis abuelos. Aquella casa de Monterrico ahora está habitada, pero yo no la compraría ni pretendería vivir en ella nunca en la vida.
Finalmente, este hecho no lo recuerdo, pero mi mamá siempre me lo cuenta como una prueba de la eficiencia del terror, que alcanza a grandes y pequeños, de distinta manera, como quien dice ve una versión asquerosa de Los Simpson. Los niños entienden lo que sucede de una manera, los adultos de otra.
Mi mamá llega de la calle, y ve yo había construído una especie de escenografía – tendría 2 o 3 años. El montaje consistía en una casa patas arriba con todos los muñecos alrededor por todos lados. Definitivamente era algo caótico lo que sucedía ahí. Mi mamá me pregunta qué es lo que había hecho, y yo le respondí “Frecuencia 2 Satélite”. Al ver el tráiler de Tarata vi que había una escena similar, de un niño escenificando el efecto de un coche bomba a su manera. Y por eso me acordé de esta anecdota.
Al igual que yo, muchos peruanos y peruanas vivieron de cerca el terror. Años luz más cerca que yo. Miles de niños perdieron a sus padres, sufrieron vejaciones y vieron la cara del mismo mal. Yo tuve una cercanía geográfica con la Bestia, lo que me hace reflexionar sobre las circunstancias que hicieron que Guzmán anduviera tan cerca de mi familia y de mi vida. Hay que tener entereza y fuerza para combatir contra el mal, y todos hicimos lo posible por tenerlas.
Acá les dejo el tráiler de Tarata. Me gusta la fotografía, esta muy bien lograda.
Escrito por alvarozapatel 



